Viernes, 4 de Diciembre de 2020

Libros: Las islas de la fantasía

Un extraordinario relato de aventuras ambientado en la Buenos Aires actual. Paula Ruggeri se anticipó varios años a las sagas exitosas de ciencia ficción.

02-11-2014


Por Sergio Varela
"El bosque se cerraba, tenebroso, como un túnel sin fin. Lo aprisionaba, inexorable, con el coro de carcajadas endemoniadas. Las negras gargantas de los árboles escupían oscuridad, densa como un manto negro, profunda como un sudario envolvente. Las tinieblas lo vestían como una armadura de terror asfixiante, que lo dejaba inerme y preso de la exaltación de sus cinco sentidos, con los nervios al descubierto. El enemigo agazapado corría a su alrededor, reía en su oído para desaparecer súbitamente y luego volver oprimiendo su garganta con dedos invisibles, clavando uñas miserables en las garras de su corazón. Quiso gritar y no pudo emitir ningún sonido. Su grito se congeló en la garganta y entonces se sintió ahogado, asfixiado por una garra invisible, por un gran animal incorpóreo... por el bosque entero. Corrió", escribe Paula Ruggeri en su primera novela, El jardín de las delicias. Un relato fantástico en el que predomina el collage como forma artística de la época. Esta extraordinaria novela toma su título de un famoso cuadro, y su argumento es el de uno de los primeros relatos occidentales, La Odisea griega, pero ambientada en la Buenos Aires posmoderna. Lejos de la década del ´60, cuando en estrictos colegios de elite les leían en voz alta durante las horas libres aquel texto griego a los alumnos "mediopupilos", Ruggeri interpreta a la perfección el tono de metáfora (comparación simbólica) de toda "odisea", toda travesía en busca de algo, como la búsqueda del Santo Grial de los caballeros medievales, o cualquier objetivo épico virtual de un videogame.
Es difícil no sustraerse a la tentación de encontrar significados políticos e históricos en las criaturas terroríficas diseminadas por Buenos Aires, luego de haber conocido el terror de la última dictadura cívico militar. Pero aunque Ruggeri es, además de una talentosa escritora, historiadora, las referencias están impregnadas de poesía, sutileza, y sobre todo de un ritmo ágil y un relato divertido donde no falta el humor y el sarcasmo, como para no temerle tanto a ese agradable ejercicio mental que es la lectura de ficciones.
Escrita antes del auge de las sagas de ciencia ficción, El jardín de las delicias es un antecedente local de éstas. Concebida no como un ejercicio de estilo, o una recreación intelectual de un clásico, sino por una persona que ha escrito crónicas autobiográfica en las que relata cómo caminaba 50 cuadras con su pequeño hijo en brazos para encontrar al cura del barrio, quien le facilitaría un servicio gratuito de guardería y así poder trabajar, en medio de privaciones y desesperación, la idea de "odisea" adquiere una carnadura mucho más cercana que la de un libro compilado por antiguos griegos ociosos vestidos con túnicas. Todos atravesamos odiseas desafiantes en algún momento de la vida, todos queremos llegar a Itaca, la isla en la que Penélope lo espera a Ulises. Esta novela es una versión fantástica (por lo buena y por el género elegido) para divertirse y disfrutar de esas peripecias tan atrapantes. Los argentinos nos hemos resignado a que el monopolio de la imaginación y el "realismo mágico" lo tienen los escritores caribeños, a pesar de que quien quizás sea nuestro mejor escritor, Cortázar, abrevaba en la fantasía, con cuentos capaces de seducir a niños y adolescentes.
Paula Ruggeri, una escritora argentina oriunda de Lugano (I y II, complejo de monoblocks que sólo comparte con el lago de Suiza el nombre), hija de un corresponsal de guerra y arquero de Huracán, ha logrado una versión bien porteña, argentina y amigable del relato de una preocupación eterna del ser humano. Quizás hayamos "llegado a Itaca" cuando en algunos años les lean El jardín de las delicias a los alumnos "mediopupilos" de un colegio de elite, y también a los de una escuela cercada por el barro en Villa Garrote. O mejor aún, cuando se aplique en nuestro país aquella audaz teoría pedagógica, imaginada en la creativa Inglaterra de los ´60, de la "discriminación positiva", y en consecuencia se intercambien los actuales alumnados de ambos tipos de establecimiento educativo.


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