Sábado, 29 de Febrero de 2020

Yo tampoco soy neutral

La editorial de Roberto Navarro en su programa "Economía Política" del último domingo me hizo reflexionar acerca de una deuda pendiente del periodismo: el sinceramiento de las ideas de quienes lo ejercemos. He aquí, mi propio sinceramiento.

19-10-2015



Por Silvana Varela @silvarela

La pretendida "objetividad" del periodismo no es más que eso, una pretensión inalcanzable desde el momento en que somos sujetos que no hacemos más que contar u opinar de acuerdo a nuestro bagaje de valores. Cuanto mucho, podría pedírsenos que seamos neutrales, pero en la práctica tampoco ocurre. Y la discusión, en tal caso, es que no sé si debiera ocurrir.

El periodismo debe relatar hechos, contar historias, denunciar. Pero no siempre sucede de un modo desamorado, sin estar teñido del cristal con que uno lo mira.

En la Argentina hace rato que la mayoría de los colegas no son neutrales.
¿O acaso Lanata lo es? ¿Y Laje? ¿Y Fantino?
¿Nelson Castro, María Julia Oliván, Silvia Fernandez Barrios, Sandra Borghi, Alfredo Leuco, Luis Majul y Ari Paluch lo son? Sólo por mencionar algunos. Hay muchos más que podría utilizar de ejemplo.

No, no lo son. No decir a quién votás no te convierte en neutral si alabás al que te gusta y criticás al que no bajo los fueros del "periodismo independiente".
Esgrimir una supuesta neutralidad sólo ha servido en los últimos tiempos para la supervivencia del más apto a la hora de encontrar mejor empleo. Tal vez, lo mismo que en el barrio definirían como mercenario, pero que en el mundillo periodístico convertimos en eufemismo de "independencia".

Mariano Moreno, Bartolomé Mitre y Rodolfo Walsh no eran neutrales. ¿Y alguien va a poner en duda su calidad de periodistas?

El periodismo es simplemente una profesión. Ni mejor ni peor que cualquier otra, y que no está en un escalón superior. Ejercerla no nos convierte en superhéroes ni nos otorga la vara de la moralidad.

Ejercerla no nos obliga (o no debería al menos) a dejar nuestras convicciones en la puerta de la redacción, la radio o el canal.
Hace más de 25 años que abracé esta profesión. Y hacía muchos años que no sentía que había tanto en juego en una elección como siento que lo hay en esta.

Lo que está en juego no es simplemente un cargo de Presidente. Está en juego un modelo de país. Están en juego qué políticas públicas se van a aplicar. Está en juego si vamos a ampliar y defender derechos o si los vamos a recortar; si vamos a seguir incluyendo o vamos a permitir que el que más tiene más tenga y que el más pobre, más lo sea.

Está en juego si vamos a trabajar sobre las causas que generan llegar a un camino de delincuencia o si vamos a tener un Estado represivo y policial que sólo ataque sus consecuencias.
Está en juego si queremos que nuestros hijos accedan a la Universidad de manera gratuita e igual que aquel que puede pagarla; si queremos que los pibes del secundario, todos, puedan tener una computadora y acceder desde allí, a igualdad de oportunidades.

Está en juego, además, la Argentina toda. Está en juego si se la dejamos manejar a unos pocos o si queremos que sea para todos. Si va a mandar el mercado o la política. Si vamos a tener un país sometido a los intereses de los más poderosos, o si vamos a hacer lo que sea mejor para nuestra Nación. Si vamos a tener un país que exporte libremente materia prima, o si vamos a desarrollarlo, a ponerle valor agregado, a jerarquizar nuestra mano de obra, y defender los intereses de los argentinos.

Está en juego si queremos un país con una visión porteña, chiquitita, unitaria, o si vamos a buscar en el bicentenario, comenzar a consolidar aquella idea de federalización que a veces se declama y pocas se ejerce.

Está en juego si queremos que la salud esté al alcance de todos; que tener un hijo no esté vedado para aquellos que no pueden concebirlo de modo natural y tampoco pueden pagar lo que los laboratorios pretenden; si queremos que la rentabilidad de una empresa no esté ajustada por la variable del trabajador; si queremos un Estado que intente igualar o uno que profundice las diferencias.

Está en juego si creemos que los "planes sociales" son sueldos para vagos o si creemos que es un paliativo para que en la mesa de nadie falte comida, salud, educación. Derechos, en definitiva. Los mismos derechos para todos.

Está en juego si la economía va a estar supeditada a la política o si vuelven las recetas de los 90. Está en juego si queremos que el Estado intervenga en las villas para acercar soluciones, urbanizar, llevar derechos, o si queremos que lleve simplemente Fuerzas Armadas.

Está en juego si queremos independencia energética; si queremos una aerolínea de bandera que priorice la conectividad de los pueblos o que simplemente sea rentable; si queremos reactivar los ramales ferroviarios, la marina mercante y un transporte multimodal que le de mayor competitividad a quienes eligieron y apuestan a producir en todo el país, o seguimos creyendo que Dios sólo atiende en Buenos Aires y que la única competitividad posible es a través de una devaluación que beneficie a una pequeña élite y sumerja en la miseria a todo el pueblo argentino .

Está en juego si alguna vez, al igual que nuestros padres y abuelos, podremos llegar a la casa propia o deberemos conformarnos con planes de alquiler y seguir mirando cómo el mercado inmobiliario decide quién tiene techo y quién no.


Por eso, al igual que Roberto Navarro, yo tampoco soy neutral. Yo no quiero que gane Mauricio Macri o Sergio Massa. Ni tampoco quiero que gane María Eugenia Vidal, Felipe Solá, Jesús Cariglino, Luis Acuña, Joaquín de La Torre, o "Cotoco" García, ni el candidato nazi de Mar del Plata, por mencionar algunos otros nombres.

Y eso no quiere decir que considere que este gobierno ha hecho todo bien. Muchas veces he criticado y podría seguir criticando cosas. Pero con aciertos y errores, ha tenido el coraje de plantear políticas públicas en beneficio de las mayorías populares y de quienes más lo necesitaban. Y yo no quiero borrón y cuenta nueva. No quiero que vuelva la derecha ni que las corporaciones decidan quién será su nuevo títere.

Yo quiero un Presidente que mejore lo que haya que mejorar, pero que lo haga desde la base de lo que existe; que lleve a la Argentina al escalón del desarrollo, pero sobre la base del fortalecimiento de una industria nacional, calificada, competitiva por su producción, no por el valor en que se fije la moneda extranjera. Que nos lleve a los argentinos a pensar nuevamente en pesos, y que el dólar sea simplemente eso, un dólar, una moneda extranjera, no el refugio ni la especulación de nadie.

Quiero que el norte sea el sur. Que la integración regional sea mucho más palpable que el sueño de la Patria grande que alguna vez soñó San Martín y Bolívar, pero también soñaron Chavez, "Lula" Da Silva y Néstor Kirchner. Que lo que opine Estados Unidos le importe sólo a sus habitantes, no a los nuestros. Y mucho menos, que ningún gobernante electo por el pueblo argentino vaya a rendirle cuentas o a pedirle permiso al país del norte.

Quiero también, un país de puertas abiertas. Un país donde la inmigración sea bienvenida tanto si el pasaporte es europeo como si llegan aquí nuestros hermanos latinoamericanos. Quiero un país que se pueble de norte a sur y de este a oeste. Juntos seremos más; y más, seremos más producción, más trabajo, más desarrollo. No quiero un país mezquino.

No quiero que gane un modelo que apoyan quienes creen que "pertenecer tiene sus privilegios"; un modelo que pregona el honestismo, pero que no condena la corrupción empresarial.

Tampoco quiero un Presidente que un día critica una idea y al siguiente la defiende; ni uno que buscó llegar caminando en la cuerda floja de un pretendido equilibrio, pero se amparó rápidamente en la vereda de la derecha cuando vio que ahí tenía más chances electorales y que reporta semanalmente a la Embajada de Estados Unidos.

No quiero que me mientan. No quiero que le mientan a la gente. Quiero que a la hora de ir al cuarto oscuro, todos sepamos realmente quién es quién y qué propone.


Nunca, en los 25 años que hace que ejerzo esta profesión, sentí que fuera necesario contar que no soy neutral. Pero la profesión y el interés personal no puede, no debe, estar por sobre el interés general. Y decirlo, no me convierte en peor periodista, sino en una más sincera.

En este caso, hay mucho más en juego que mi profesión. Y así todo, si ésta peligrara, para mí primero está la Patria, y luego los hombres.


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