Sábado, 29 de Febrero de 2020

La disputa electoral, mirada desde un ángulo geográfico

Los dos principales candidatos presidenciales, Daniel Scioli y Mauricio Macri, comparten una particularidad: el primero nació en la Ciudad de Buenos Aires pero gobernó la provincia de mismo nombre y el segundo hizo el camino inverso. Y los dos ponen a Buenos Aires en el centro de la discusión política, consolidando un diseño geopolítico casi desconocido en más de un siglo. Otra manera de ver el escenario político y los procesos en marcha.

06-07-2015


Por Hernán López
Pasado el período clave que marcó el cierre de listas, cuando todavía falta más de un mes camino a las elecciones primarias, parece el momento justo para escapar a la coyuntura, sacar el foco del escenario actual parcialmente y mirar desde arriba un instante. Y hay algo que es irrefutable: las dos opciones más viables son Daniel Scioli, por el lado oficialista, y Mauricio Macri, en el sector de la oposición.

Alguno todavía cuenta a Sergio Massa y plantea una triple disputa que incluye a este último. De cualquier modo, no cambia el interés en la cuestión geográfica y territorial.

Esta elección -como nunca- pone a Buenos Aires en el centro del país y deja a las otras jurisdicciones supeditadas a cómo la política, vía las urnas, procese la transición en marcha. Buenos Aires en sentido amplio, tanto la provincia como la ciudad homónima.

Scioli nació en la Ciudad de Buenos Aires y gobernó la provincia por más de siete años; inversa situación para Macri, que es oriundo de tierras bonaerenses pero comanda la Capital Federal. Y uno de esos, casi con certeza, comandará los destinos del país a partir de diciembre. Si no es uno de estos dos hombres, será Massa, que creció en San Martín y saltó a la fama en Tigre, dos gigantes del Conurbano bonaerense.

No caben dudas que el centro de la discusión política está en Buenos Aires. Nadie duda del peso geopolítico que tiene esta región del país pero no es frecuente que monopolice el escenario nacional como ocurrió en años recientes y termina de cristalizarse este año. Carlos Menem venía de La Rioja y armó su hegemonía sobre bases que tenían ramificaciones en todo el país. Raúl Alfonsín era bonaerense pero construyó su armado con la misma lógica antes que él. La lógica, ahora, es otra.

Factores a considerar

Determinadas cosas sucedieron para que el eje de la discusión virara de esa manera y más en un país con tradición federal desde fines del siglo XIX. Federal, por lo menos, a la hora de repartir los recursos fiscales. Esa es la Argentina moderna que nace alrededor de Julio Roca, constituida geográfica e institucionalmente como una alianza entre el ex Presidente tucumano y los gobernadores del interior que sometieron a las milicias de Carlos Tejedor, federalizaron la aduana, federalizaron la actual CABA e instauraron un diseño distinto.

Cabe decir que no había diferencias importantes entre unitarios y federales a la hora de pensar el tipo de inserción internacional. Ninguno de los dos discutía el carácter latifundista de la tierra, el sistema de propiedad, el tipo de producción ni la necesidad de exportar el grueso de la cosecha a Europa. Diferían en cómo tenían que ser repartidas las regalías derivadas del comercio exterior, no el tipo de comercio que convenía a la Argentina.

Más allá de eso, no hay dudas que Argentina llegó a constituirse como un país federal desde muy temprano.

Y pareciera que el curso de la historia, principalmente en décadas recientes, modificó parte de esa estantería. Si ese país estaba estructurado en una alianza entre el Gobierno federal y los gobernadores del interior -que derrotaron a Buenos Aires y la encuadraron dentro del proyecto nacional-, el panorama actual presenta otro tipo de coordenadas: el sometimiento bonaerense pasa por cuestiones económicas y es esa justamente la prueba más evidente de su preponderancia política.

¿Motivos que generaron eso? No es el momento para ahondarlos (porque no es el propósito de esta nota) pero hay varios factores, entre ellos una injusta distribución del ingreso fiscal con una Ley de Coparticipación y reformas posteriores que sofocaron financieramente a la Gobernación bonaerense, sumadas a la forma de construir política que legó Eduardo Duhalde casi al mismo tiempo que esa normativa comenzaba a hacer estragos: un tipo de armado anclado en el Conurbano, asentado en esa geografía y sobre la que miraba todo lo demás.

Desde 2003, los Kirchner introdujeron significativas rupturas respecto a los modos de Duhalde; no precisamente a esa visión estratégica del Gran Buenos Aires. Néstor Kirchner destronó a Duhalde en 2005 tras vencerlo en los comicios legislativos pero, lejos de reemplazar su aparato por otro, aprovechó esa poderosa estructura para sí y pasó a encabezarla.

Argentina es, en definitiva, un país donde el epicentro del debate político y geográfico tiene como características a una provincia capturada por el Gobierno nacional y fuente de disputas con sus respectivos gobernadores (que Daniel Scioli haya consensuado con el kirchnerismo y sea el candidato único obedece a que nunca, incluso en los picos de mayor tensión, rompió ni se distanció de la conducción central, entendiendo los errores cometidos, en su momento, por hombres como el mencionado Duhalde, Carlos Ruckauf o Felipe Solá) y una Ciudad de Buenos Aires que, con menos peso demográfico, sirvió como enclave para el surgimiento del principal frente opositor, el PRO.

El resto de la política, básicamente los gobernadores del interior (casi todos peronistas) y la estructura territorial que todavía conserva la Unión Cívica Radical, están atados a esa configuración. Y todos miran expectantes cómo alguna de estas expresiones avanza camino a diciembre, para suceder a Cristina Fernández de Kirchner. PBA y CABA mandan, el resto espera.






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