Martes, 26 de Mayo de 2020

El movimiento sindical atomizado, una constante de las dos últimas décadas

El paro de la semana pasada, y sus consecuencias en el país, pone a los sindicatos más grandes frente a la coyuntura del reclamo por Ganancias y los condimentos políticos, dos factores del corto plazo. Un zoom out, en cambio, muestra la fractura de las dos centrales más importantes, la CGT y la CTA, desde fines de los ochenta a esta parte. Otra incógnita para el después del 2015.

05-04-2015



Por Hernán López
Además del reclamo concreto por el Impuesto a las Ganancias -que es justo y ya nadie lo duda-, la realización del cuarto paro de envergadura en la era k y la pugna por el armado de la listas electorales, un cupo limitado que tiene el sector sindical desde 1983 a la fecha, hay un interrogante más profundo y que remonta a las últimas décadas. Tiene que ver, en particular, con la dificultad a la hora lograr la unidad del movimiento sindical.

Que las centrales sindicales están más atomizadas que nunca no es ninguna novedad. Pero también es cierto que esta "grieta" no remite a los orígenes del kirchnerismo sino a los procesos sociales, políticos y económicos de las dos últimas décadas o, por precisarlo cronológicamente, a los tiempos de Carlos Menem en 1989, el discutido Congreso de la CGT San Martín ese mismo año y la fractura con el vértice de Saúl Ubaldini, el líder de la central durante los ochenta y luego marginado por los dirigentes más conservadores de calle Azopardo.

Ese era un primer quiebre en el mundo gremial. Y también el signo de una época: los hombres más fuertes de la CGT perdían lugar en la toma de decisiones del Partido Justicialista -pasados los descalabros de Herminio Iglesias, Lorenzo Miguel y compañía y transcurrida también la renovación peronista de la década previa- y pasaban a integrar, en cambio, espacios de privilegio en el Gobierno de Menem.

Nunca a volvería a ser otro el movimiento obrero. Pero el avance de los años trajo nuevas divisiones.

Porque si los sectores más cercanos a Ubaldini y otros gremios -especialmente del transporte, como era el caso de Hugo Moyano con los camioneros, armaron una corriente propia puertas adentro- también hubo una consecuencia de similar impacto: la gestación de la CTA, liderada por Germán Abdala y Víctor De Gennaro. La central alternativa, con fuerte acento en los sindicatos de la órbita pública (CTERA y ATE, por ejemplo), dio cátedra en la disputa contra las políticas del menemismo con la particularidad de haber incluido a un actor central de esa década, los desocupados, alejados de los intereses sindicales hasta ese momento.

La transición de Menem a Fernando De La Rúa, de éste a Eduardo Duhalde y del lomense a Néstor Kirchner, encontró a una CTA en las antípodas con la CGT y a la propia CGT desgarrada en dos corrientes: la oficial era liderada por Héctor Daer -diputado nacional del Frente Renovador actualmente- y la otra tenía a Moyano como su principal estandarte.

Los comienzos del kirchnerismo, en su etapa más transversal, parecían que traería vientos de cambio para el sindicalismo argentino. Néstor Kirchner unificó a la central más grande del país bajo el liderazgo de Moyano, que terminaba de sacar chapa en las elecciones internas del 2004, una decisión acertada, al menos considerando el pasado del camionero y su rechazo a la política neoliberal de los noventa, toda una carta de presentación para un Frente para la Victoria que apostaba a diferenciarse.

La alianza con el moyanismo perduró hasta que, en 2011, el líder de ese movimiento rompió relaciones con Cristina Fernández de Kirchner y obligó a que la Casa Rosada armara una corriente sindical aparte, con el metalúrgico Antonio Caló a la cabeza. Esta segunda vertiente cegetista, a casi tres años desde su conformación, no tuvo los mismos efectos que el pacto con Moyano.

La suerte de la CTA fue similar. De Gennaro dejó de conducirla en 2006 para ceder paso a Hugo Yasky, gran aliado k, incluso en la actualidad. Las diferencias explotaron en 2010 cuando el hombre de la CTERA y el ex estatal Pablo Micheli fueron a elecciones, ganó el segundo y el Ministerio de Trabajo decidió no reconocer ese triunfo oficialmente, produciendo una fractura que perdura hasta el presente.

Con tres sectores en la CGT y dos en la CTA termina la etapa de Cristina al frente del Poder Ejecutivo. Si no queda claro cómo será la continuidad presidencial, tampoco hay certezas sobre el futuro del universo sindical, una de las vacas más sagradas del poder político en la Argentina desde tiempos inmemoriales. Habrá que ver si hay unidad o continúa la "grieta" después de CFK.


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